Dignidad en el encierro: visita a un penal con La Cana que desafía lo que significa ser libres

Por Karina Herrera y Cynthia Villafaña 

 

Hace unos días convivimos con mujeres privadas de la libertad dentro del Centro Penitenciario y de Reinserción Social de Chiconautla, en Ecatepec. Participamos colaboradores de Promotora Social México y personas voluntarias en una jornada organizada por La Cana. La experiencia, vivida en mesas de trabajo, conversaciones abiertas y ejercicios de valores, nos confrontó con una paradoja que no esperábamos encontrar. En ese encierro, varias mujeres hablaban de libertad.  

Ese día compartimos mesa con mujeres como Brenda, Jocelyn, Guadalupe, Azul y muchas más. Cada una llevaba una historia marcada por contextos distintos, pero todas coincidían en algo: la posibilidad de vivir experiencias que nunca habían tenido. Los programas de La Cana les han abierto espacios para aprender, crear y relacionarse de formas nuevas. En esas conversaciones aparecieron dudas, certezas y una honestidad que rara vez encuentra lugar dentro de un penal. Entre esas voces, una reflexión terminó marcando el rumbo de la jornada. 

Azul, una de las participantes, dijo: 

“La cárcel me salvó. Aquí, por primera vez, alguien me cuidó. Este lugar es mi escuela; estoy aprendiendo a ser mi mejor versión y me esfuerzo todos los días para lograrlo. Soy más libre aquí de lo que jamás fui afuera.” 

Sus palabras no encajaban con la narrativa más frecuente sobre el encierro. También revelaban lo que suele quedar fuera de la conversación pública. Muchas mujeres llegan al penal después de años de abandono, violencia o carencias extremas. El encierro nunca es un destino deseable. Sin embargo, cuando existen procesos de acompañamiento, preparación y contención, puede convertirse en un punto de partida para la reinserción, especialmente para mujeres que nunca tuvieron acceso a condiciones mínimas de cuidado y estructura fuera del sistema. 

 

El contexto que sostiene esta realidad 

Para entender lo que ocurre dentro conviene observar primero el panorama nacional. Según el INEGI (2024): 

  • 36% de las personas privadas de la libertad no tenían sentencia 
  • 26% de las mujeres internas en penales estatales están por robo, delito frecuentemente ligado a pobreza 
  • 268 mujeres se encontraban embarazadas o lactando dentro de centros penitenciarios 
  • Más de 300 niñas y niños vivían en prisión junto a sus madres 

Estas cifras no explican historias individuales, pero delinean desigualdades estructurales que anteceden al encierro. En ese contexto, el acompañamiento de organizaciones como La Cana se vuelve indispensable. 

 

Valores que se resignifican desde adentro 

 La dinámica del día fue sencilla. Mujeres privadas de la libertad y personas voluntarias se dividieron en equipos para trabajar valores como bondad, empatía, honestidad, equidad o perdón. Lo que inició como un ejercicio creativo con materiales simples pronto se convirtió en un espacio de conversación honesta. 

En los grupos que abordaron bondad, empatía y respeto aparecieron relatos sobre gestos cotidianos que sostienen la vida en un entorno rígido. 

En los que trabajaron honestidad, responsabilidad y prudencia surgieron decisiones difíciles y emociones que pocas veces encuentran un espacio seguro para expresarse. 

Cuando se habló de equidad, la conversación expuso tensiones entre la dignidad como derecho y la dificultad de vivirla dentro del penal. 

Los valores como perdón, humildad, valentía, lealtad y confianza abrieron conversaciones más profundas. Ahí emergieron historias sobre errores que duelen, vínculos que resisten y el esfuerzo constante por transformarse desde adentro. 

La convivencia reunió perspectivas distintas: mujeres privadas de la libertad, personal del penal, voluntarias y equipo de apoyo. Lo que quedó claro es que los valores no desaparecen en un penal. Se resignifican y se vuelven herramientas para sostenerse emocional y colectivamente. 

 

Lo que nos llevamos al salir 

 Salir del penal obliga a mirar con otros ojos. La jornada dejó certezas difíciles de ignorar. 

Muchas mujeres están haciendo esfuerzos profundos por transformarse. 
Llegar sin conocer sus procesos jurídicos permitió encuentros sin etiquetas. 

Las conversaciones abrieron espacio a temas que rara vez tienen lugar: dignidad, supervivencia, vínculos, futuro. 

El voluntariado no busca corregir historias, sino escuchar, acompañar y reconocer la dignidad, como base para que cada persona pueda construir un camino distinto hacia la libertad. 

 

El modelo que sostiene estas posibilidades 

El trabajo de La Cana ha evolucionado para atender problemáticas estructurales: falta de oportunidades laborales, condiciones poco dignas dentro de los penales, barreras para la reinserción al salir y una oferta limitada de programas de acompañamiento. 

Su modelo se organiza en cinco ejes: Independencia Económica, Cárceles que Reinserten, Seguimiento en Libertad, Proyecto Libertad e Incidencia en Políticas Públicas. Todos parten de una premisa fundamental. Ninguna persona debería quedar definida por su peor momento. 

 

Cuando comprender deja de ser abstracto 

La convivencia con estas mujeres dejó algo claro. La dignidad permanece incluso en los entornos más difíciles. 

Para nosotras, que trabajamos en Promotora Social México, estar ahí nos movió más de lo previsto. Ver a mujeres intentando levantarse en circunstancias tan adversas y escuchar sus historias de cerca nos llevó a revisar cómo entendemos la reinserción y el lugar que tiene el acompañamiento en procesos tan delicados. 

Esa escucha abrió la posibilidad de mirar distinto. Lo que ocurre en un penal no habla solo de quienes están adentro. Habla también de cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a construir caminos reales para empezar de nuevo. 

Salimos con una certeza silenciosa. Acompañar no es intervenir de forma asistencialista, sino crear condiciones  para la reinserción, desde la escucha, la preparación y el acceso a oportunidades que sostengan un nuevo comienzo. 

 

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